viernes 18 de diciembre de 2009

Crónicas de la Asesina de Palomas

La primera vez que te vi, eras a penas una sombra tan lejana que pensé que mi vista, sentido indispensable e infalible en mi vida, me engañaba. No te di más importancia.

Por aquel entonces, pocas cosas tenían importancia. Mis dueños, mi compañero y mis pulgas, malditas sean un millón de veces. Los días transcurrían con una monotonía tranquila y agradable, alternando la caza de polillas y los juegos con siestas en las diferentes camas o el sofá. A veces, alguna paloma osada se acercaba a mi territorio, y aunque yo ya había aprendido que a los humanos no les agradaba que les regalara mis trofeos, acecharlas y cazarlas seguía siendo un excitante pasatiempo.

A eso se limitaba mi mundo, hasta que volví a verte. Ya no eras una sombra lejana, sino que te plantaste delante de mi con un elegante salto. Habías venido a mi territorio, habías entrado sin ser invitado, y eso se castigaba. Se castigaba muy severamente, como a las palomas.

Pero era la primera vez que veía a otro como yo. Las criaturas de mi mundo eran tres bípedos y otro cuadrúpedo que me doblaba en tamaño, el perro. Por ese motivo, verte a ti, con tu elegante cola negra meneándose detrás de tu cuerpo ágil y esbelto, me causó una profunda impresión. Eras como yo, pero no totalmente igual que yo. Olías diferente, ronroneabas diferente. Fue entonces cuando entendí el concepto de sexos. Y aunque tu pelo no brillaba tanto, no estaba cepillado y ni siquiera llevabas collar, eras atractivo.

También era atractivo el mundo que me ofrecías. Cientos de palomas qué cazar todos los días. Carreras excitantes con otros como nosotros. ¡Ratones! ¡Y yo que nunca había visto uno! Me lamí una zarpa con remilgo, intentando disimular lo muy tentada que estaba.

Dentro de la casa, alguna puerta se abrió y los golpes sordos de pasos se fueron acercando. Alzaste la cabeza, las orejas alerta.

- ¿Duquesa?

Entonces mi mente se llenó con imágenes de mantas por las mañanas, la ropa recién lavada en la que tanto adoraba revolcarme, los días en los que me ofrecían lonchas enteras de jamón o dormir pegada a alguno de mis bípedos, sintiendo su amodorrante calidez.

Qué demonios.

Te bufé, te bufé con todas mis fuerzas. A pocos segundos de saltarte encima, mi pelo ya se había erizado como para parecer dos veces yo. El cambio de actitud te cogió tan desprevenido que el zarpazo que lancé con intención de asustarte te dio de lleno en la nariz. Ofendido, indignado y sabedor de que habías irrumpido en territorio, saltaste hacia el muro que yo nunca cruzaba y desapareciste, junto con todo conocimiento de mi propia raza.

Lejos, en la cocina, la nevera se abría. Entré corriendo, borrando cualquier dejo de extraña nostalgia en mi interior. El jamón olía mucho mejor.

martes 17 de noviembre de 2009

Strawberry gashes

No, JODER.

Ya no es cosa del tabaco, y que conste que descontando los de cereza sólo volví a probar los de vainilla y ni uno más, ¿eh?

Tampoco es la cafeína. Ni mi mal hábito de sueño. Ni mis ideas obsesivas y compulsivas. Ni las heridas autoinflingidas. Ni mi amor (¡já!) no correspondido.

Es la puta comida.

No soy pro-Ana ni pro-Mía ni la madre que las parió a todas.

Pero ya no sé qué hacer. ¡Si yo en verdad soy una chica feliz, coño! ¡Mi vida es jodidamente afortunada! Tengo notas buenas, tengo amigos que me quieren, salgo muy seguido con el chico que me gusta y tengo una buena familia.

Entonces, ¿por qué siempre me siento así, eh? Porque ya no sé qué hacer...

martes 20 de octubre de 2009

Cherry tobacco

El café se había enfriado, estando todavía media taza llena. Aunque siempre he sido más o menos sensata, la facilidad con la que sacudía el cigarro y tiraba las cenizas dentro del cenicero decía mucho de mis experiencias con el tabaco. Pese a que el camarero hacía la vista gorda, dos mujeres mayores de la mesa de enfrente me miraban con desaprobación, seguramente influenciadas por mi cara de niña.

Hacía casi exactamente un año que no fumaba. Era perfectamente consciente de lo estúpido de mis acciones, de lo perjudicial para mi salud, ¡de lo mucho que podría mancharme los dientes! ¡Y encima con café! Pero me daba igual. En esos momentos no sabía si lo que estaba expulsando era humo o irritación, pero estaba delicioso. Incluso me había pulido dos cincuenta en cigarros con sabor a cereza.

Seguía abstraída en mi mundo de cerezas y nicotina cuando apareció Fer. Su primer impulso fue mirarme mal, pero cuando su cerebro razonó que A)él mismo era un fumador activo, no como servidora, y B)el humo a mi alrededor que no olía como tabaco normal empezaba a tentarlo, decidió primero saludarme y luego preguntar.


Dejó el casco rojo y negro sobre la silla vacía a su lado, pidió un café y, cuando el camarero desapareció, fue entonces cuando señaló el cigarro.

-¿Y eso?- me espetó sin más.

Por toda respuesta, le tendí el pitillo. Lo cogió con su extraña forma, sujetándolo con los dedos pulgar e índice, y dio una honda calada, como si él mismo también hubiera estado necesitado de su dosis de nicotina. Las mujeres de la mesa de atrás nos miraron como si estuviéramos acostados sobre la mesa arrancándonos la ropa. Echó el humo formando un aro casi perfecto y luego contempló el cigarrillo con pasmo.

-La hostia- exclamó Fer-. ¿Dónde los compraste?

-En un estanco cerca de Madera- respondí. Desde detrás de su flequillo negro mechado en rojo, mi amigo le lanzaba ojeadas lujuriosas a mi cajetilla de cigarros, por lo que saqué dos más antes de tendérsela-. Ten, mi madre me arranca los ovarios si me la ve.

Fer, que no se hizo de rogar, asintió y guardó la cajetilla con rapidez dentro de su chaqueta negra. El camarero apareció de nuevo y, de nuevo, ignoró el hecho de tener a un menor fumando delante de él mientras le tendía la taza a mi amigo. Durante lo que pudieron ser tres minutos pero me parecieron dos horas, estuvimos fumando en un silencio ocioso. Habíamos quedado para quejarnos de nuestros respectivos desencantos amorosos mientras el otro asentía o negaba con la cabeza, pero la nicotina parecía ahorrarnos horas de charlas y paseos, calmándonos de golpe con su suave regustillo dulce.

En un momento dado, los dos expulsamos el humo al mismo tiempo, mis formas retorcidas enredándose en los bordes de su aro irregular. Observamos el resultado de nuestra curiosa sincronización de vicios antes de echarnos a reír. Me cogió de la mano, sus dedos aun fríos por el paseo en moto, y empezamos a hablar.

Las mujeres seguían mirándonos mal de cuando en cuando, pero a nosotros, abstraídos como estábamos en nuestro mundo de nicotina, cerezas, café y amistad, nos dio igual.

sábado 3 de octubre de 2009

La polilla del cuento.

Argh.

Me dan ganas de agarrar las tijeras de jardinería (aquellas con las que cortaba el bonsái pensando en cómo te gustaría más) y abrirme los antebrazos en zigzag.

Porque eso es lo que tienen que hacer los malos al final del cuento, ¿no? Morir. Morir para que los demás aprendan la moraleja de su historia.

Pero uno nunca se para a pensar si el malo es realmente tan malo, si el bueno es realmente tan bueno, o si la mariposa de la línea tres, en la página siete, era realmente una mariposa y no una polilla. Porque el narrador, nos dijo que era una maldita mariposa monarca a la luz de la cabaña de caramelo donde una bruja ardía asesinada por unos inocentes niños que empezaron a tragarse la casa de la pobre anciana. Como si no estuviera ya bastante chungo esto de las hipotecas, oye.

Igualmente, ¿qué se le iba a hacer? Como la anciana quería cenárselos, da igual que le destruyeran la casa; como la madrastra hacía limpiar a Cenicienta, da igual que su esposo se muriera sin dejarle un duro a ella; como Maléfica le lanzó una maldición a Aurora, da igual que la marginaran y la ignoraran solo porque viste de negro; como el lobo se comió a dos cerditos, da igual que llevara semanas sin comer y que encima, al final, los condenados cerdos se lo almorzaran a él. Según el cuento que tú lees, yo soy la mala. La loba, la bruja, la madrastra. Crees firmemente en ello, igual que crees que con unas frases sentimentales podré reconducirme y volver al camino del bien, al "felices para siempre".

A estas alturas, sin embargo, ya no sé qué soy. Los malos nunca se ven malos, pero los buenos tampoco se creerían malos. ¿Te has parado a pensar si realmente eres tan bueno? Puede que yo sea la mala de la historia; por eso acabo de coger las tijeras del bonsái, a ver si acabamos con este puto pastelote marca Disney. Pero, quizás, solo quizás, fuera una mariposa (bien, realmente una polilla) a la que le diste demasiada importancia en la página siete, línea tres, de tu vida.

Cambia de página, anda.