martes 17 de noviembre de 2009

Strawberry gashes

No, JODER.

Ya no es cosa del tabaco, y que conste que descontando los de cereza sólo volví a probar los de vainilla y ni uno más, ¿eh?

Tampoco es la cafeína. Ni mi mal hábito de sueño. Ni mis ideas obsesivas y compulsivas. Ni las heridas autoinflingidas. Ni mi amor (¡já!) no correspondido.

Es la puta comida.

No soy pro-Ana ni pro-Mía ni la madre que las parió a todas.

Pero ya no sé qué hacer. ¡Si yo en verdad soy una chica feliz, coño! ¡Mi vida es jodidamente afortunada! Tengo notas buenas, tengo amigos que me quieren, salgo muy seguido con el chico que me gusta y tengo una buena familia.

Entonces, ¿por qué siempre me siento así, eh? Porque ya no sé qué hacer...

martes 20 de octubre de 2009

Cherry tobacco

El café se había enfriado, estando todavía media taza llena. Aunque siempre he sido más o menos sensata, la facilidad con la que sacudía el cigarro y tiraba las cenizas dentro del cenicero decía mucho de mis experiencias con el tabaco. Pese a que el camarero hacía la vista gorda, dos mujeres mayores de la mesa de enfrente me miraban con desaprobación, seguramente influenciadas por mi cara de niña.

Hacía casi exactamente un año que no fumaba. Era perfectamente consciente de lo estúpido de mis acciones, de lo perjudicial para mi salud, ¡de lo mucho que podría mancharme los dientes! ¡Y encima con café! Pero me daba igual. En esos momentos no sabía si lo que estaba expulsando era humo o irritación, pero estaba delicioso. Incluso me había pulido dos cincuenta en cigarros con sabor a cereza.

Seguía abstraída en mi mundo de cerezas y nicotina cuando apareció Fer. Su primer impulso fue mirarme mal, pero cuando su cerebro razonó que A)él mismo era un fumador activo, no como servidora, y B)el humo a mi alrededor que no olía como tabaco normal empezaba a tentarlo, decidió primero saludarme y luego preguntar.


Dejó el casco rojo y negro sobre la silla vacía a su lado, pidió un café y, cuando el camarero desapareció, fue entonces cuando señaló el cigarro.

-¿Y eso?- me espetó sin más.

Por toda respuesta, le tendí el pitillo. Lo cogió con su extraña forma, sujetándolo con los dedos pulgar e índice, y dio una honda calada, como si él mismo también hubiera estado necesitado de su dosis de nicotina. Las mujeres de la mesa de atrás nos miraron como si estuviéramos acostados sobre la mesa arrancándonos la ropa. Echó el humo formando un aro casi perfecto y luego contempló el cigarrillo con pasmo.

-La hostia- exclamó Fer-. ¿Dónde los compraste?

-En un estanco cerca de Madera- respondí. Desde detrás de su flequillo negro mechado en rojo, mi amigo le lanzaba ojeadas lujuriosas a mi cajetilla de cigarros, por lo que saqué dos más antes de tendérsela-. Ten, mi madre me arranca los ovarios si me la ve.

Fer, que no se hizo de rogar, asintió y guardó la cajetilla con rapidez dentro de su chaqueta negra. El camarero apareció de nuevo y, de nuevo, ignoró el hecho de tener a un menor fumando delante de él mientras le tendía la taza a mi amigo. Durante lo que pudieron ser tres minutos pero me parecieron dos horas, estuvimos fumando en un silencio ocioso. Habíamos quedado para quejarnos de nuestros respectivos desencantos amorosos mientras el otro asentía o negaba con la cabeza, pero la nicotina parecía ahorrarnos horas de charlas y paseos, calmándonos de golpe con su suave regustillo dulce.

En un momento dado, los dos expulsamos el humo al mismo tiempo, mis formas retorcidas enredándose en los bordes de su aro irregular. Observamos el resultado de nuestra curiosa sincronización de vicios antes de echarnos a reír. Me cogió de la mano, sus dedos aun fríos por el paseo en moto, y empezamos a hablar.

Las mujeres seguían mirándonos mal de cuando en cuando, pero a nosotros, abstraídos como estábamos en nuestro mundo de nicotina, cerezas, café y amistad, nos dio igual.

sábado 3 de octubre de 2009

La polilla del cuento.

Argh.

Me dan ganas de agarrar las tijeras de jardinería (aquellas con las que cortaba el bonsái pensando en cómo te gustaría más) y abrirme los antebrazos en zigzag.

Porque eso es lo que tienen que hacer los malos al final del cuento, ¿no? Morir. Morir para que los demás aprendan la moraleja de su historia.

Pero uno nunca se para a pensar si el malo es realmente tan malo, si el bueno es realmente tan bueno, o si la mariposa de la línea tres, en la página siete, era realmente una mariposa y no una polilla. Porque el narrador, nos dijo que era una maldita mariposa monarca a la luz de la cabaña de caramelo donde una bruja ardía asesinada por unos inocentes niños que empezaron a tragarse la casa de la pobre anciana. Como si no estuviera ya bastante chungo esto de las hipotecas, oye.

Igualmente, ¿qué se le iba a hacer? Como la anciana quería cenárselos, da igual que le destruyeran la casa; como la madrastra hacía limpiar a Cenicienta, da igual que su esposo se muriera sin dejarle un duro a ella; como Maléfica le lanzó una maldición a Aurora, da igual que la marginaran y la ignoraran solo porque viste de negro; como el lobo se comió a dos cerditos, da igual que llevara semanas sin comer y que encima, al final, los condenados cerdos se lo almorzaran a él. Según el cuento que tú lees, yo soy la mala. La loba, la bruja, la madrastra. Crees firmemente en ello, igual que crees que con unas frases sentimentales podré reconducirme y volver al camino del bien, al "felices para siempre".

A estas alturas, sin embargo, ya no sé qué soy. Los malos nunca se ven malos, pero los buenos tampoco se creerían malos. ¿Te has parado a pensar si realmente eres tan bueno? Puede que yo sea la mala de la historia; por eso acabo de coger las tijeras del bonsái, a ver si acabamos con este puto pastelote marca Disney. Pero, quizás, solo quizás, fuera una mariposa (bien, realmente una polilla) a la que le diste demasiada importancia en la página siete, línea tres, de tu vida.

Cambia de página, anda.

miércoles 23 de septiembre de 2009

Zero.

"No me gusta que me pongan delante de los ojos lo que no puedo tener".

Y aparece. Y no sé qué hacer, qué decir, cómo actuar. El hamster en el interior de mi cabeza le da a la rueda como si fuera una turbina de avión, pero no sale nada ingenioso. Una parte de mí, la cuarentona soltera con ocho gatos, está furiosa, no tanto con él como con la vida misma, por ponérmelo delante de las narices cuando ni siquiera estaba pensando en él ni cuando quería verlo. La otra parte, la adolescente de dieciséis años hormonada y (pseudo) enamorada, está encantadísima de verlo, preocupadísima de su aspecto.

¡Despídete y lárgate! ¡No! ¡Dile que te acompañe! ¡No!

Oh, dios. Si ni siquiera es tan guapo, ni siquiera es sarcástico. ¿Qué demonios me gusta tanto?No creo que sean solo esas manos largas, elegantes y finas que nunca creí que vería en un hombre. Manos de pianista. O esos ojos, verdosos...

¡Annell, concéntrate, una señorita no babea en público!

Entonces es cuando un rayo de inspiración divina atraviesa los ciel... bueno, el corcho del techo de la tienda, y me golpea de lleno en el encéfalo. La iluminación me golpea con tal fuerza que quedo aturdida unos momentos. Luego, la bombilla parpadea y recupera su luz... ¡Mierda! ¡Ya sabe que me gusta! La cuarentona empieza a coger la batuta para encargarse de la situación y despedirse de forma seca antes de salir corriendo.

-- Anda, mira, ¿ya has visto esa figura?-- pregunta él.

Joder. Solo siete palabras y la cuarentona ha sido destrozada, seguramente por culpa de un infarto pelín prematuro. Indispuesta la sensata amargada, la adolescente de dieciséis años procede a arrebatarle la batuta, tomando el completo control de mi mente casi con lujuria.

Ya empieza. ¡Ya empieza! Sonrisa ingenua a las doce en punto. Metamorfosis al 50%. Abriendo los ojos en expresión de tierna sopresa. Cambio de voz: tono dulce, clase A. 95%.

-- No, ¿cuál?-- Comprobando. Sonrisa: activada sin problemas. Ojos: activados sin problemas. Cambio de voz: activado sin problemas. Metamorfosis completada al 100%. Empezar operación-- ¡Ay, un Ciel! ¡Qué pasada!

La adolescente, pese a su juventud, ha completado el cambio con una eficacia de militar. La madre que la trajo... Vamos, la mía. Demasiado tarde. Se ha hecho con el control completo del cuerpo. La cuarentona articula un débil "no... le gustas...", pero la adolescente la ignora abiertamente.

No más de tres minutos y caigo ante él como si siguiera siendo la misma niña estúpida de trece años que aun no sabía cómo engatusar O evitar a los entes masculinos que ejercieran atracción sobre mí.

Zero... me pregunto qué coño tiene. A parte de un don de la oportunidad un tanto discutible, obviamente.

Venga, empecemos de nuevo. "No me gusta que me pongan delante de los ojos lo que no puedo tener".