viernes 26 de junio de 2009

Pan con queso crema.

"Las cadenas eran tan largas que se enrollaban sobre sí mismas varias veces y cubrían todo el suelo. Cassiel no podía salir de su estupor.

Aquella mañana, cuando despertó, ya no estaba en su lúgubre y ligeramente apestosa habitación, sino en el sofá de su casa. Ni siquiera estaba segura de poder seguir llamando aquel lugar 'su casa', pues hacía casi dos años que las cadenas no la dejaban salir de su habitación.

Caminó, vacilante, hacia la cocina. Las cadenas tintineaban al moverse y chocar unas con otras, los grilletes se le clavaban en los ya de por sí maltrechos tobillos y muñecas, pero daba igual. Minucias tales como la sangre y el dolor no tenían importancia cuando Cassiel podía ver su casa una vez más.

La cocina, al igual que el resto del apartamento, estaba igual que siempre. Solo la pulcridad y el orden dejaban patente que nadie la había usado en dos años. Sin embargo, la alacena estaba llena de comida sin abrir que no había caducado. El pan, dentro de una bolsa de papel marrón, aun estaba blando y caliente. Alzó la bolsa hacia su cara y sintió el agradable calorcillo del pan recién horneado contra su mejilla, con el aroma característico cosquilléandole la nariz. Entonces le entró hambre.

Movida por la curiosidad, y aun con la bolsa de pan contra la mejilla, Cassiel abrió la nevera en busca de algo para untar en el pan. Había mermelada y mantequilla, pero sus ojos volaron hacia la pequeña caja rectangular de color gris y blanco. Queso crema Philadelphia. Rápidamente abrió la caja y untó un trozo de pan pasándolo por encima, sin siquiera usar un cuchillo o algo.

-- No deberías comer eso-- comentó Arael, apoyado el marco de la puerta.

Cassiel detuvo la mano a medio camino de su boca abierta. Con un suspiro de frustración, bajó la mano y lanzó una mirada enfadada al muchacho.

-- Y de nuevo, no eres el más indicado para decírmelo-- respondió antes de volver la cabeza hacia el pan, cerrar los ojos y meterse todo el trozo en la boca.

A través del sentido del gusto, una riada de recuerdos atravesó su mente. Algunos eran recuerdos agradables, de cuando su mente aun no estaba tan trastornada, y todos ellos tenían que ver con Arael. Pero la mayoría eran recuerdos amargos, de tardes enteras encerrada en un extraño autismo, llorando, golpeando cosas o golpéandose a sí misma. A través de los párpados cerrados pudo ver sábanas blancas manchadas con sangre brillante, manos que no eran suyas cogiéndole los brazos, grilletes, cadenas...

-- Para-- ordenó Arael sacudiéndola bruscamente por los hombros.

Cassiel abrió los ojos, notando cómo las lágrimas le corrían por las mejillas. El gesto severo de Arael se dulcificó un poco, pero cuando hizo ademán de secarle las lágrimas, Cassiel lo apartó de un manotazo.

-- Vete-- gruñó, sorbiendo por la nariz.

El muchacho entornó los ojos y dejó caer los brazos con desgana.

-- Pensé que ya habíamos superado esta etapa-- dijo con tono cansino.

Cassiel lo ignoró abiertamente, poniéndose de puntillas para poder coger una taza y servirse café, que estaba casi recién hecho en la cafetera. Con un rápido movimiento de brazo que la muchacha no podría igualar por culpa de las cadenas, Arael cogió la bolsa de pan y el bote de queso crema. Cassiel ni siquiera reaccionó.

Otro suspiro. Arael se inclinó sobre ella y le dio un rápido beso en la mejilla antes de dar un paso atrás, con las cadenas del suelo tintineando bajo su peso. Después desapareció como si nunca hubiera estado ahí."