"La habitación se encontraba notablemente oscurecida para solo ser las cinco de la tarde. El aire estaba demasiado cargado, y tenía ese olor característico de las habitaciones donde duermen personas enfermas, una mezcla de encerrado y un leve dejo de infección. Arael se sentó con los brazos cruzados sobre el pecho mientras dejaba escapar un leve suspiro de disgusto. El suelo estaba plagado de ropa arrugada, algunos libros y papeles en general. Sobre la mesita de noche y el escritorio a su espalda había latas vacías de coca-cola apiladas como soldados de un pelotón y, detrás, tazas a medio acabar de café frío.
-- Huele a enfermo-- dijo suavemente.
Cassiel, tirada de cualquier forma en la cama sin hacer, ni siquiera apartó los ojos del techo con horrible gotelé blanco.
-- No me digas-- rezongó sarcástica, pero no se quejó cuando Arael coló la mano tras las cortinas y abrió el ventanal. La muchacha estiró un brazo hacia atrás. La luz que se filtraba débilmente por entre las rendijas de las cortinas iluminó una argolla de metal alrededor de la muñeca de Cassiel y la larga cadena que se enrollaba en su brazo pálido, llenándolo de llagas y moretones. Su mano, con uñas largas y puntiagudas, se cerró en torno a una taza de café y arañó la porcelana--. ¿Cuándo me van a soltar, Arael?
El siguiente suspiro que salió de los labios del joven no fue tan disgustado como resignado. Claramente, Cassiel no era inofensiva, pero ese no era motivo para tenerla encerrada y encadenada como un animal salvaje. Arael sabía que las cadenas también ceñían las piernas de la muchacha, escondidas entre las mantas arrugadas de la cama. Por eso él iba ahí todos los días, porque sabía que el peor enemigo de Cassiel, la única persona a la que realmente mataría, era ella misma, y que los demás pensaban que, solo manteniéndola atada, conseguirían evitarlo.
-- Cuando decidas tranquilizarte-- respondió. Una risa escéptica, casi histérica, llenó la habitación--. Sabes que tengo razón. El mundo no se limita a ti, y aunque tienes todo tu derecho a sentirte dolida, incomprendida o sola, el resto de las personas no se van a detener por ello. La vida sigue, y tú debes seguir con ella. Tu momento de morir llegará, como el de todos, pero no está en tu destino extinguirte ahora.
Cassiel miró el café de su taza con gesto profundo, ignorando las tan conocidas palabras de Arael. Pasaron los segundos, y después los minutos, silenciosamente.
-- No eres el más indicado para decirme eso-- comentó finalmente. Dio un trago largo antes de escupir todo el café en la cama, asqueada, y secarse la boca con la palma de la mano. Miró la taza blanca, disgustada, y la lanzó contra el suelo, donde se estrelló y se rompió en miles de pedacitos--. Vete de aquí.
Arael contempló los trozos de porcelana con el mismo semblante pensativo que Cassiel había exhibido momentos antes. Se inclinó para coger un triangulito blanco. La punta afilada le pinchó un dedo, y una pequeña gota de sangre manchó la porcelana. Arael observó su dedo, dejando caer el trozo de porcelana, y después a Cassiel. Ella había vuelto a tirarse sobre la cama y a contemplar el techo.
-- Cassiel...
-- Que te largues, estúpida ilusión-- ladró ella en tono cortante.
Con un último suspiro, este de derrota, Arael se puso de pie. No quería irse, pero solo había conseguido enfadar a Cassiel, y escuchaba pasos acercarse. Una llave se introducía en la cerradura.
Cuando la puerta se abrió, Cassiel seguía tumbada en la cama, con su habitación caótica y desértica.
-- ¿Qué fue ese ruido, muchacha?-- preguntaron.
-- Quiero otro café...-- respondió, señalando los trozos de porcelana, todos blancos."
viernes 5 de junio de 2009
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