En contra de lo que mi madre, mi perro, mi gato, y cualquier persona racional podría haberse imaginado, me desperté temprano.
Incluso yo, que no entro en la generosa categoría de "racional", pensé que haría falta un despertador con la misma potencia que una bomba nuclear para poder levantarme aquel frío jueves 3 de Septiembre, a las siete de la mañana. Pero, de hecho, solo hizo falta que mi madre abriera la puerta de mi cubil para que no pudiera pegar ojo otra vez, aunque la modorra y aquel delicioso calorcillo en la cama que solo se consigue tras una noche de sueño me incitaban a seguir acostada.
Al final, la obligación de acabar con aquella patética mañana consiguió que me arrastrara hasta el baño. En menos de treinta minutos (todo un logro), ya estaba vestida, peinada y levemente maquillada para enfrentarme a mi último suspenso de Matemáticas. Aunque me esforcé, poco pude hacer para disimular las ojeras que mis hábitos nocturnos veraniegos habían dibujado alrededor de mi ojos.
De esta forma, mi madre y yo aterrizamos en el asiento trasero de un taxi que apestaba a ambientador de pinos. No tardamos ni quince minutos en llegar a Tafira, donde da igual que sea verano, invierno o el puñetero día del Juicio Final, por la mañana siempre hará un frío espantoso. No había muchos coches y solo dos alumnos dos años mayores que yo estaban detrás de aquella verja que le da un aire de Prison Break a mi querido colegio.
La Venerable, preguntándome qué iba a hacer si no aprobaba ese examen (podemos apreciar la honda confianza que tiene en mí y mis habilidades matemáticas), subió las escaleras de la puerta principal para entrar en recepción. Tocó el timbre y, con un zumbido sordo, el enorme portón de madera se abrió para revelarnos un universo paralelo de vitrinas atiborradas de trofeos y medallas, viejos fósiles de glorias pasadas, olor a café bien cargado y, sobre todo, un calorcillo agradable.
De no haber sido porque la madre de una amiga me indicó que todos mis compañeros estaban abajo en la otra puerta, me habría quedado en aquel universo alterno hablando tranquilamente con mi madre. Pero como tenía un atentado qué cometer, ceñí la rebeca negra y morada sobre los hombros antes de encaminarme hacia el condenado frío. Mi madre me deseó suerte y me dijo que pensara bien los ejercicios. Já.
Aquello parecía el primer día de clases, solo que en ropa de calle. Había suficientes alumnos como para llenar todo el auditorio y que faltaran sitios. A mí me arrinconaron en una esquina, justo en la pared que no tenía ventanas, pero aun así sentía el frío del lugar.
Tras media hora intentando recordar qué demonios era la varianza y la desviación típica, como hayar el vértice de un polinomio y, sobre todo, quién era yo y qué carajos estaba haciendo ahí, dediqué otros treinta minutos a resolver problemas, operaciones y ecuaciones con los números todo lo grandes posible para que pudiera entregar algo más que una hoja de examen. No lo conseguí, por cierto, pero me faltó poquito.
Al final estiré el cuello como una tortuga y forcé los ojos tanto como podía hacia un lado para poder observar a mi profesora y decidir cuál era el mejor momento para entregarle el examen sin que pudiera ver su escaso contenido. En un momento dado, otro profesor se le acercó para hablar y yo me abalancé sobre los dos con mi patética media hoja bien escondida detrás del examen. Fue inútil, me miró un poco sorprendida y dijo:
- ¿Ya?
No, mujer, si yo solo vengo a preguntarte si en la representación gráfica del polinomio, la función derivada me permite saber la pendiente de la recta tangente en un punto de F(x), tomando en cuenta que "n" es el punto de corte de la recta con el eje Y ^____^
... Asentí.
- ¿Y te salió bien?
- No, seguramente Ruffini y Pitágoras se están retorciendo en sus tumbas ahora mismo, pero si lo miramos desde una perspectiva positiva, ¡este es el último atentado contra las matemáticas de mi vida!- eso es lo que me habría gustado decirle. Ahora bien, articulé un débil y tembloroso- Bueno...
Creo que entendió la indirecta, porque esbozó una sonrisa, cogió el examen sin detenerse a mirar el (amago de) contenido que había en él y lo guardó. Notablemente más aliviada, me despedí y salí escopetada hacia la puerta. Por el camino hacia recepción, me encontré con el profesor de Historia, mi asginatura favorita, que muy amablemente me saludó, y muy halagadoramente se sorprendió de que yo estuviera ahí.
Después fui derechita a mi madre, que también tuvo la ingenuidad de preguntarme cómo había ido, pero la sensatez de no insistir cuando le dije que "bien". La madre de mi mejor amiga se ofreció a bajarnos en su coche a Las palmas. Dado que mi madre y yo teníamos cosas qué hacer, nos bajamos cerca de San Telmo. Me despedí de Nammy y de su madre, cerré la puera detrás de mí y tiré la hoja con ejercicios que no daban a la basura. Habría querido tirar la calculadora, pero se me ocurrió que todavía podía servirme para cuando fuera de rebajas.
Me giré y sonreí a mi madre, sintiéndome la mocosa más feliz del planeta.
¡Soy libre!
lunes 7 de septiembre de 2009
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